El amor duele un viernes por la noche
Love hurts

El amor duele un viernes por la noche

"There is always some madness in love. But there is also always some reason in madness."  

Nietzsche

Relatare los eventos como sucedieron esa noche, si mi memoria no me traiciona, en el transcurso de este relato.

En un viernes de 1992. C, su hermano J y yo éramos un grupo sin mucho que hacer y también con muy poco porvenir. Supongo que eran días de vacaciones ya que no puedo recordar del todo qué hacía yo en la casa de C tomando Coca Cola fría y fumando los cigarrillos DIPLOMAT, de la mamá de C, sin mayor preocupación esa noche.

Hipnotizados por las imágenes distorsionadas del televisor de C y sofocados por el calor, permanecíamos inmovilizados como tres masas deformes sin ninguna señal de vida.

Fue J el primero en salir del trance silente en el que nos encontrábamos.

-Muchá, ¿tienen pisto?.

Mi cabeza, y seguro la de C también, trataron de procesar la pregunta de J. Lo vimos por un momento, como tratando de entender a qué venía esa pregunta. Claramente el sabía que, muchas veces, apenas si lográbamos llevar un par de billetes en el bolsillo.

Fue C quien respondió diciendo que sí, que tenía como 20 quetzales. Yo lo vi extrañado como preguntándome cómo era posible que tuviera esa plata. Pero luego recordé que yo también tenía un billete de 10 quetzales en mi vieja billetera.

-Yo tengo 10 pesos respondí. Igual yo dijo J. Acomodándose en el viejo sofá y dándole una última calada al cigarro, para luego hacerlo ceniza en el cenicero. C le pregunto a J a qué venía la pregunta. J aclaró su garganta y como si la pregunta de C hubiera sido un golpe directo a la nariz, le respondió a C.

– Tengo ganas de ir a ver putas.

Lo vimos de nuevo, y luego nos vimos los dos con C y nos empezamos a reír, por alguna razón la respuesta se sintió bastante extraña. ¿mano que estàs diciendo? Pregunto C a J. Lo que te dije, quiero ir a ver putas. Afirmó J.

En ese momento tuve que intervenir.

-J apenas juntamos cuarenta pesos entre los tres. ¿Cómo diablos se supone que la vamos a pasarla bien con tan poco pisto?. Además, ¿a donde vamos a ir?, ya es un poco tarde como para salir. Es más yo debería irme ya.

-No seas hueco mano- me dijo J. Te quedas a dormir hoy aquí y ya. La idea no sonaba mal y a pesar de que vivía cerca, no tenía ganas de regresar a mi casa. Voltee a ver a C y le dije- Mano pero y ¿cómo diablos nos vamos ir a esta hora hasta la zona 4?

Entonces J me dijo: ¿Y vos de qué putas estás hablando?, ¿Y por qué iríamos a la zona 4?.

Resople y le respondí. – Pues porque ahí están los puteros o ¿no?-.

J lanzó una carcajada mientras yo trataba de explicarme de la mejor manera.

-Yo jamás he dicho que vamos a ir hasta allá-.

Yo, un poco desesperado, le pregunté que entonces a dónde. J esbozó una mueca a modo de sonrisa y me dijo.

– Vamos a ir aquí nomás. Del otro lado.

¿A dónde estás pensando ir? Le pregunté.

J miró por un momento hacia la ventana abierta y, mientras las luces de un carro iluminaban los vidrios de la venta, el rostro de J se oscureció y como si de una sombra malvada se tratará, a la que solo se le ven los dientes, dijo:

-Vamos a ir al Puerto Rico Show.

Con C empezamos a reírnos de la idea de J. – ¡¡¡Estás a veeeeerga!!! Yo no quiero ir a ese lugar. Respondió C, casi levantándose por completo del sillón. Inmediatamente intervine. – J, ahí nos va a pasar algo, nos van a hueviar o peor, a ¡¡¡matar!!! Dije exagerando un poco.

J también levantándose nos dijo. – Puta muchá, no sean huecos, ¡vamos hombre!, nos tomamos una chela cada uno, solo tenemos que caminar unas cuadras. Además, solo para ese lugar nos alcanza. Háganme huevos hombre. Nos volvimos a ver los tres y creo que el pensamiento general fue:

Nos alcanza para una cerveza y nada más. Eso quiere decir que no vamos a estar mucho tiempo.

Con ese pensamiento en nuestras cabezas, o al menos en la mía, respondí

-¡Va!, vamos pues, pero nos terminamos la chela y nos vamos a la mierda. J siguió sonriendo de manera malvada. Como la risa de ese niño caprichoso y maldito que hace su berrinche y siempre se sale con la suya.

Con lo que teníamos puesto, tratamos de arreglarnos un poco. Queríamos lucir lo suficientemente decentes para las chicas que iban a estar en el strip club.

Salimos andando por la calle de terracería que comunicaba la casa de C hasta la Calzada San Juan. Siempre pensé que así lucía el camino hacia el infierno. Lleno de piedras y con poca iluminación. Luego de librar a los pilotos kamikazes que pasaban a toda velocidad por la Calzada, llegamos sanos y salvos al otro lado y avanzar un par de cuadras más.

Finalmente estábamos frente a la boca del león que iba a devorarnos.

O al menos devoraría el poco dinero que teníamos, eso sí era seguro. Un letrero con letras ondulantes, una palmera y la silueta de una chica acostada era nuestra bienvenida.

BIENVENIDOS A PUERTO RICO SHOW.

En mi cabeza pensaban mil cosas, como:

¿sería el dueño de Puerto Rico, la isla?

¿sería un negro de esos gigantes que nos molería a golpes si no pagábamos la cuenta?.

Cosas por el estilo.

Tomamos un respiro de valor y entramos. Y si bien no era la primera vez que iba a un lugar de esos, este me provocaba un poco de desconfianza por lo cutre que era. Aún así, no podía dejar solos a mis amigos, teníamos que estar unidos en esto. Al entrar, una inmensa atmósfera roja-neón nos absorbió. Llegamos al infierno al fin, pensé.

C fue el primero en tomar asiento en una mesa vacía, que quedaba a una distancia prudente de la pista. En ese momento bailaba una de las chicas. Ni muy lejos pero tampoco muy cerca por cualquier cosa.

Con el suficiente espacio para que tres muchachos de 16 años pudieran salir corriendo hacía la puerta si se daba el caso de huir. Entonces, un mesero de esos de corbatín negro, camisa blanca y una pequeña linterna se nos acercó.

–¿Qué se toman los jóvenes?.

Al unísono respondimos ¡una Gallo a cada uno!. El mesero asintió con la cabeza y desapareció entre las sombras. En el lugar sonaba merengue, el de la peor clase posible. Pero yo no le ponía atención a eso, ya tenía mi cerveza fría en las manos, la música era lo de menos.
Mi vista se fue directo a los enormes pechos de la chica que bailaba. Recuerdo que sus grandes pezones me impactaron, no había visto unos así antes. Pero claro, no podía quitarle la vista de encima. Si bien no era una mujer hermosa, y me refiero a lo que se entiende aquí por bella: esa mujer escultural rubia de poster de taller con la que todo el mundo sueña y se masturba. No, no era así, pero 15 minutos antes yo me encontraba desparramado en un sillón, tomando Coca Cola y fumando cigarros robados de la mamá de uno de mis mejores amigos. Para ese momento, tenía frente a mí a una mujer, casi desnuda, frente a mí.

No estaba mal para ser un viernes que realmente no pintaba a nada interesante. La chica bailó dos canciones más. En el último tema, se quitaría la tanga, se quedaría completamente desnuda frente a nosotros, tres pubertos que tratarían de memorizar su sexo rasurado, para luego recordarlo en nuestras noches solitarias.

No bailo tanto como hubiéramos querido, pero yo disfrute ver como pasaba sus manos entre esas montañas que tenía por senos. Puedo recordar nuestros rostros iluminados por esos neones rojos, empezábamos a entender la lujuria, que para entonces, salía por nuestros ojos. Pasaba sus manos por su sexo y nalgas, mientras de espaldas, miraba por el espejo a todos esos seres desgraciados que la observábamos.
De pronto, se agachó y recogió sus prendas, y con pasos pequeños salió de la barra. La música a todo volumen no me dejo escuchar el sonido de sus tacones al bajar de la pista.

Dirigí mi mirada a J y vi que sonreía, faltaba poco para que estuviera salivando como un perro.

-¿Estás contento vaa?.

Él volteó hacía mí y me dijo: Mano, a huevos que sí, soy primerizo en esto.
Esas fueron sus palabras exactas. Yo recuerdo haber hecho una mueca como si no hubiera entendido del todo lo que me había dicho. De hecho, no lo entendí en ese momento.

-¿Cómo así mano? Le pregunté.

–Sí, primerizo. Nunca había venido a una barra show.

-¡Hijo de puta! y por qué no nos dijiste. Le grité, la música no me dejaba hablar en un tono normal.

-Es que quería venir con ustedes. Luego de hablar, le dio un trago a su cerveza.

-¿Oíste lo que me acaba de decir tu hermano?, le dije a C.

-Noo, qué te dijo ese serote. Me pregunto C. Al contarle C solamente extendió su mano y su dedo gordo del medio relucía frente a la cara de J. Para empezar a carcajearse, y luego los tres, al vernos sentados en esa mesa sucia y pegajosa.

Otra canción empezaba a sonar. Una chica, con el pelo hasta la quijada, subió a la barra, vestía ropa de color plateado, eso lo recuerdo bien, aún puedo ver como las lentejuelas brillaban con la luz. Nuestras cervezas empezaban a calentarse, y eso empezaba a preocuparme, porque era claro que no teníamos más dinero. Aún así libramos un poco las miradas inquisidoras del mesero, que empezaba a sospechar de nosotros y nuestra pobreza.

La delgada figura de la chica se movía por todo el escenario, dando vueltas y recostándose de espaldas sobre el espejo. La música seguía siendo de lo peor, pero me gustaba como bailaba.

No quería que mi cerveza se acabara. Maldecía mis penurias juveniles. En la segunda canción sus manos acariciaban sus pechos mientras nos sonreía. Sentía que las luces rojas se intensificaban en su cuerpo, como si se tratará de un demonio. Como una especie de cobra que se movía al compás de la música. Hipnótica pero también peligrosa a su manera.

De pronto, el encanto se rompió cuando la puerta se abrió de golpe y la luz del exterior cortó el encanto de los neones del lugar. Un tipo de traje entró tambaleándose por las mesas y como pudo tomó una silla y se sentó. La chica que bailaba seguía deleitándonos, y seguía de espaldas al público sonriendo a través del espejo, como la chica anterior.

Justo en el momento que pensé que nos dedicaba esa sonrisa Love Hurts, de la banda Nazareth, empezó a sonar. El tema clásico que, todo cuerpo desnudo en el escenario de cualquier club nocturno, debe bailar para que merezca alguna clase de respeto.

“Love scars
Love wounds and marks
Any heart not tough or strong enough”

Era el momento que esperábamos para ver su cuerpo como el Señor la había mandando a este mundo. Justo antes de que lo último de mi cerveza caliente se terminara.

“Love is like a cloud, it holds a lot of rain
Love hurts
Ooh love hurts”

En un momento de la canción, el tipo que recién llegado, se levantó.

Claramente estaba borracho.

Abriéndose espacio entre las mesas, logró colocarse frente a la chica. Hasta ese momento, todo normal.

¿Qué podía pasar?

Era solo un borrachín más, un número de cédula ambulante más. Nadie que fuera capaz de arruinar los últimos minutos de nuestra noche. En ese instante, la chica se dio cuenta de que ese tipo estaba frente a ella y vi claramente como su rostro cambió.

Esa sonrisa que nos había dedicado desapareció inmediatamente. Pero el show tenía que continuar, ella se debía a ese público que admirábamos cada movimiento que hacía.

“I'm young
I know
But even so
I know a thing or two, I learned from you
I really learned a lot, really learned a lot
Love is like a flame, it burns you when it's hot”

Ella trató de disimular su incomodidad, haciendo caso omiso de la presencia del tipo, pero la escena apenas empezaba. Como pudo, el tipo hizo un espacio entre mesas y sillas, esperó justo el momento en el que, de alguna manera, ella quedara frente a él.

Habían otros tipos que querían darle unos billetes, y el trabajo es el trabajo, y ella no tuvo otro remedio que acercarse a los hombres que le ofrecían el dinero. Uno de ellos estaba tan borracho que tenía hipo, apenas murmuraba dos o tres palabras agitando los billetes en su mano. Fue entonces que vi una de las escenas más deprimentes y hermosas, que la vida me ha regalado.

El tipo de traje se hincó y llevó su mano derecha a uno de los bolsillos del saco. Al principio no se podía distinguir qué llevaba, no me tomó más de cinco segundos saber de qué se trataba: una caja que protegía una sortija de compromiso para ella.

De rodillas, extendió la mano con la caja para que ella pudiera ver, sin dificultad, la ofrenda que él llevaba para consolidar su amor. Al menos, eso fue seguramente lo que él pensó.

Ella le respondió con un gesto de desprecio. Con la cara le dijo que se fuera. Pero el amor no escucha palabras y tampoco obedece gestos. Él no se movió ni un centímetro. Ella miraba nerviosa para todos lados y parecía que solo nosotros tres nos habíamos dado cuenta de la escena patéticamente surreal que estaba sucediendo frente a nosotros en el infame Puerto Rico Show.

Dio una vuelta más y con la agilidad de un gato, de esos que solo salen por la noche, cogió su ropa, di un último vistazo al tipo que seguía con el brazo extendido, se dio la vuelta y, como la anterior, desapareció entre el negro más profundo del fondo de la pista.

Él se incorporó. Aún conservaba un poco de esperanza. Espero unos minutos.

Seguramente pensó que la chica saldría, con maleta en mano, y que lo abrazaría. Que le diría al oído, que él era el hombre que había esperado toda su vida, que tendrían una vida feliz, tal vez hasta un hijo o dos. Que nunca más en su vida tendría que regresar a este lugar asqueroso. Y lo más importante que nunca jamás tendría que desnudarse y enseñar su cuerpo a esos hombres lascivos que iban a verla todas las noches. Que de ahora en adelante, solamente se desnudaría para complacerlo él.

Seguramente, nada de eso pasó.

El sujeto guardo la caja con el anillo en el bolsillo. Con un acto de autocompasión con el mismo, ajustó su saco y haciendo un esfuerzo muy grande, salió con la mirada de frente, sin voltear atrás.
Sin duda, las miradas de todos nosotros eran demasiado peso junto al desprecio público que recién superaba, como para voltear antes de salir por la puerta.

“Some fools think
Of happiness, blissfulness, togetherness
Some fools fool themselves”

Hubiera querido saber qué fue lo que hizo después ese tipo al cruzar la puerta. ¿Se iría a su casa?, ¿Se detendría a la orilla de algún puente para lanzarse al vacío?. La gente suele hacer muchas estupideces por el amor, de eso que no les quede la menor duda.

Ese momento extraño fue como una especie de señal. Nos indicaba que el momento de largarnos.

–¡Vámonos a la mierda!, espetó C.

Intente darle un último trago a mi cerveza. Pero solo un par de gotas cayeron en mi lengua. J, por su parte, no quería irse.

–¡No sean culeros!, ¡quedémonos un rato más, no sean mala onda!.

-No, vámonos ya, igual ya nadie tiene pisto mano, levantate! Le dije.

No hizo caso y J se aferró a su silla. C y yo salimos, y al abrir la puerta de nuevo la luz del alumbrado público atravesó como un cuchillo la oscuridad del lugar, para luego volver a quedar a oscuras junto con J adentro.

Empezamos a caminar con C y nos fumamos un último cigarro entre los dos. Nadie decía nada hasta que C solo logro decir.

– Pobre serote.

Yo, solo pude responder

– ¡sí, que huevos!

Era ya bastante tarde y justo cuando tiraba lo que quedaba del cigarro, oí los pasos y el jadeo de alguien atrás de nosotros. Era J que venía corriendo desde el club para alcanzarnos.

–¡Serotes, espérenme!.

-¿Y no que te quedabas? le recordó C.
– Nel, yo solo quería ver si miraba un par de chiches más, pero todavía no salía nadie y me salí.

Nos reímos. Atravesamos la calzada ya con menos tráfico y con menos prisa, hasta que llegamos a la casa. Nos dimos las buenas noches y en el sillón de la sala principal, donde iba a dormir.

Seguía viendo las luces, de uno que otro carro que pasaba frente a la casa, que iluminaban por momentos la oscuridad de la sala. El sueño empezó a vencerme. Soñé que mi cabeza reposaba en los pechos de esa chica mientras ella acariciaba mi cabeza. Entretanto, me susurraba al oído el resto de Love Hurts como si fuera una canción de cuna.

Luego, como lo había hecho en la pista, tomó su ropa del suelo, para desaparecer en la oscuridad y no volverla a ver jamás. La única diferencia era que yo no le había llevado un anillo de compromiso. No hubiera podido pagarlo.

“Love is just a lie made to make you blue
Love hurts
Ooh love hurts”.

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