No, no tengo un minuto para hablar de tu Señor
Buddy Christ, Dogma, the movie. © Buddy Christ, Dogma, the movie.

No, no tengo un minuto para hablar de tu Señor

Llegó otro Halloween y yo sin dinero. Lo sé, no es novedad. Caminaba por la ciclovía frente a la iglesia de Yurrita meditando precisamente en esa condición. No sé si vieron que la luna se pudo apreciar por la tarde y precisamente eso veía al pasar. Me preguntaba qué haría una noche de Halloween si realmente tuviera dinero.

Seguramente sería una noche de brujas como dios manda: drogas, prostitutas y comer como cerdo. Sería una bacanal descomunal. Entonces, sonreía pensando en cada estupidez que venía a mi mente. Todo esto sin dejar de estar atento a mi camino, o a que un auto o un bicicletero intentara atropellarme.

Me encontraba en esa disertación mental, justo en la etapa de cómo administrar esas cuantiosas cantidades de placer. Eso disfrutaba, ustedes saben, ese placer que encuentra el hombre en la miseria: las ensoñaciones.

Poco sabía yo de lo que estaba a punto de vivir. Al paso, detrás de un poste, me abordó una señora. Ropa normal, de piel morena, pelo a lo Ángeles de Charlie (como quien dice Farrah Fawcett) y voluminosa. Entiéndase galana.

¡Tome esta lectura!, le interesará”.

Vi que tenía un suéter del Gobierno. Pensé que sería una circular de algún ministerio. Lo último que pensé es que sería propaganda religiosa. Quiero hacer la distinción que ya con el papel en mano, lo primero que busqué, luego de reconocer que era una fotocopia, fue alguna iconografía religiosa.

Ni cruces, ni jesuses voladores. Ni logo de Pare de sufrir o similares. No había nada.

Cuando identifiqué una jeringa pensé: propaganda antidrogas.

No me detuve mientras analizaba la circular. Mientras caminaba logré leer: “Influencia misteriosa”.

Comenzaba con una historia que invitaba al lector a ser el protagonista:

"Es la tarde de un viernes típico y estás conduciendo hacia tu casa. Sintonizas la radio. El noticiero se ocupa de una noticia poco importante...”

Empecemos que como periodista hablar de una “noticia poco importante” es repetir lo que tal predicador o sacerdote dijo de cualquier evento. Lo que me sorprendió es que el texto consideraba poco importante

“la muerte de tres personas debido a una gripe nunca antes vista”.

Digamos que la narración me atrapó. No voy a aburrir con aspectos técnicos de periodismo, pero decir que hay tres muertos por una gripe nunca antes vista, es un notición. Pero hice a un lado mis conocimientos de comunicador infieri y seguí con la lectura. Que a todo esto, ya se intuía como una moraleja ridícula.

Leer mientras se camina no es buena idea, pero digamos que disminuí el paso, no quería dejar de caminar ni de leer. Para todo esto ya estaba frente al banco G&T de la Reforma y 1a. calle, zona 9.

La redacción estaba pasable. Ortografía básica. Ignoré temas de edición, pero como escrito, dejaba mucho que desear. Era un texto realmente decepcionante. Dan ganas de acercase a esta gente y ofrecer los servicios de comunicación efectiva. “Si vamos hacer propaganda, hagámosla bien”, diría Goebbels.

Entonces el texto sale con que en 72 horas la gripe ya se había cargado a 30 mil no cristianos. Lo aseguro porque ocurrió en las colina remotas de India. Y Jesús no tiene visa para entrar en esas colinas, por eso sé que no eran cristianos.

La enfermedad salto a Pakistán, Afganistán e Irán. A China no subió, pero supongo que la meta del texto no es dilucidar cómo se propaga una enfermedad.

Para cuando llegué al monumento a García Granados, las naciones de Europa ya habían actuado como era de esperarse: cerraron fronteras y cancelaron entradas de vuelos a India. Desde el principio médicos estadounidenses estaban buscando la cura, pero nada.

Lo que ya sabían, era el nombre del padecimiento: Influencia Misteriosa.

Ya para este punto decidí terminar el texto por morbo. Quería saber cómo iba a aparecer Jesús en la historia. Quería conocer el giro narrativo que le darían.

Mea culpa.

El texto no lo dice, pero calculo que como para el jueves siguiente al descubrimiento de la enfermedad, el texto decía que ya se había registrado un brote en Nueva York. La cosa se puso seria. Cuando la enfermedad llega a EE.UU. Ya no hay dios que nos ampare.

Cito:

La información dice que el virus se desarrolla en una semana y que ni cuenta te das. Al cabo de cuatro días con síntomas horribles, mueres”.

Es acá donde la indignación invade mi cerebro. Inconsistencia narrativa. Ni sumar puede el autor de este texto anónimo. Molesto dejé de leer y seguí mi rumbo.

Caminar por la Reforma distrae lo suficiente como para pensar que es un lindo paseo en medio del tráfico. Bocinas, carros que no respetan los pasos de cebra, los semáforos que parecen de adorno, casi tanto como los oficiales de tránsito.

Al pasar por la base del monumento a Reyna Barrios, donde a veces está el señor sin piernas pidiendo dinero sobre una patineta, la curiosidad me venció y regresé a mi lectura.

Según el texto, al fin los científicos “habían descifrado el código de ADN del virus” y se podía producir un antídoto. Para ello se necesitaba sangre de alguien no infectado. Sabían cómo frenarla pero no tenían algo con qué probar la hipótesis. Es decir, inconsistencia narrativa.

Es aquí donde van a meter a Jesús -Pensé. Tiene que ser aquí. El texto ya limitaba la búsqueda del antídoto en el “país” del lector, quien acude con toda su familia a ver qué onda.

¡Eureka!

Encuentran la sangre que se necesita. Y está en tu familia”. Y ¡Zaz! Es la sangre de tu hijo.

Como lector, no me esperaba tener un hijo en el texto. No la vi venir, lo reconozco. Menos que iban a necesitar toda la sangre del nene para salvar al género humano.

Toda la sangre de la criatura.

No sé cuantas unidades de sangre puede tener un menor, pero el género humano la necesita toda. En lugar de mantener viva la gallina de los huevos de oro, la matan en la historia.

Eso sí me lo creí. La lógica cristiana así funciona.

Ya frente a la embajada de Estados Unidos me detuve. Quería conocer cómo nos salvaría la vida el pequeño Tim. No decía el nombre, pero así lo bauticé, en honor a Dickens.

Como la humanidad está al borde del colapso no hay tiempo y se tienen que tronar al pequeño Tim. Y todavía le preguntan al lector ¿quiere ver a su hijo?.

Ya, casi que arrebatado se lo llevan a vaciarlo.

Cito, pero lo edité un poco:

¡Papi, Mami! ¿Qué pasa? -Te pregunta Tim mientras tomas su mano y le dices: “Hijo, tu mami y yo te amamos. Nunca permitimos que te sucediera algo malo. Si esto no fuera absolutamente necesario… ¿comprendes?. En ese momento, el doctor regresa: “lo siento debemos empezar. El mundo necesita a Tim, el mundo debe continuar, de lo contrario no habrá un mañana para el hombre”.

Esta bien, reconozco que exagero en la edición pero la idea iba por ahí. Las últimas palabras de Tim son: “Papí, mami, ¿porqué me están abandonando?”

Es acá cuando llega el ataque.

La culpa cristiana ataca con todo sin miramientos:

Y a la siguiente semana, cuando programan una ceremonia para honrar a tu hijo, algunas personas se quedan en casa durmiendo, otras no vienen porque prefieren ir de paseo o ver un partido de fútbol y, otras, asisten a la ceremonia con una falsa sonrisa fingiendo que les importa, quisieras pararte y gritar:

mi hijo murió por ustedes, ¿¡Acaso no les importa!?” (léase imaginando el sonido en un eco largo).

Y así terminó la historia. Sí, sin final.

Tiempo de mi vida tirado a la basura en una moraleja con un final incierto.

El cierre es una cita bíblica, que dicho sea de paso, no encontré como está en el texto:

Eso es lo que él quiere decir. “Mi hijo murió, ¿qué no saben cuánto los amo? (Juan 3: 16)”

Padre Nuestro, Al verlo desde ese punto de vista, se nos rompe el corazón. Tal vez ahora podamos empezar a comprender cuán gran es tu amor por nosotros... no te quedes con este mensaje, compártelo”.

Y así perdí tiempo con ese texto. Un texto simplón mal redactado que buscaba invitarme a la reflexión desde la culpa. Buscando empatía y otredad sin ofrecerla de regreso.

Con cada paso que daba, mientras me dirigía a mi destino, sentí una agrura. Creo que me dio por toparme, de la nada y sin buscarlo, con gente que es dueña de la verdad absoluta.

¿Debería escribir yo mi propia moraleja invitando a no ofrecerles cadenas a desconocidos? ¿quizá una cadena para respetar al peatón?.

La cadena religiosa que recibí no me lo dijo, pero ahora me lo pregunto, tomando el papel del Padre ficticio de la historia

¿Acaso fui yo el que creó la enfermedad para sacrificar a mi hijo?

Así comenzó mi noche de Halloween.

Influencia Misteriosa
Así te llega la influencia religiosa.

 

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