Las chicas que van a los antros también tienen corazón
Es el Portalito el que te da la suerte.... o te la quita. © Foto: Orlando Estrada
Autor Invitado

Las chicas que van a los antros también tienen corazón

Este texto es una colaboración de Jorge Aguilar Amado. Como podrás leer, en Guatemala pesan, pasan y pisan cosas turbias. Esta historia es real y pertenece al alijo de experiencias de Jorge Aguilar Amado. Él da fe y legalidad de que esto le paso.

 

***

El fin de semana había transcurrido al igual que los anteriores durante la última década de mi vida: almorzar en el Centro Histórico y vagar por la sexta avenida buscando una cara conocida para reclutar al último ritual del sábado:

una borrachera tremenda. Una que usualmente terminaba en coito, pleito, la calle o en un table dance.

Esta vez mi cómplice era un viejo amigo del colegio, el León Hernández. Lo había pillado comprando películas chafeadas en la 18 calle, justo cuando yo salía del Burger King de la esquina.

Lo tomé por sorpresa cuando pretendí chocar con él imprudentemente. Se volteó hacia mí de forma rápida y bélica, como quien se prepara para una pelea. Al reconocerme nos abrazamos con fraternidad.

El León era un tipo velludo y corpulento, media cerca de los dos metros y su barba castaña, junto con su cabellera infantilmente despeinada, simulaban la melena de un león (de ahí su apodo). Era el menor de tres hermanos y era más joven que yo.

Su inteligencia prematura lo había adelantado 2 grados en la primaria, pero su lujuria adolescente lo había hecho padre desde los 17.

 

Hoy a sus 25 años era el orgulloso jefe de una familia de cinco.

- ¿Y qué onda, qué va haber hoy? - le pregunté ponzoñosamente.- Adiviné la picardía en sus ojos. Nos vimos en silencio como evocando los días de gloria. A pesar de la responsabilidad que significaban sus tres hijas y su mujer santa roceña, el León tenía varios años de desenfreno reprimidos en la pañalera... y ambos lo sabíamos.

-Pues podemos tomarnos un par de chelas en El Portalito - replicó con timidez, -Aquella está en Santa Rosa donde mis suegros y se llevó a las niñas. -cerró justificándose.

- Vivo, entonces vamos. - contesté con emoción.

 

Nos trepamos al Kia Carens de su esposa. Asientos repletos de juguetes, la caja de Kleenex sobre el tablero y la silla de bebés en el baúl eran una premonición de una vida que yo no quería llevar. No por desprecio a la vida paternal, sino por la monotonía que podía significar.

Si mi vida actual en soltería ya me parecía insulsa y trivial, imaginate arrastrar a tres o cuaro personas más hacia el abismo."Si te involucras conmigo te estarás lanzado hacia el abismo", recordé murmurando las palabras de Kafka.

No, estaba muy bien así, solo. Profusamente solo, o al menos eso creía.

 

El Portalito era un viejo bar estilo español que queda justo en el centro del pasaje Rubio. Servían buenos tragos y se comía muy bien, entonces era permitido fumar y los sábados llegaban mariáchis que por cien pesos te cantaban las más famosas de Luis Miguel.

Entramos atravesando una espesa nube de humo de tabaco y nos sentamos en una mesa frente a la barra donde podíamos ver la televisión. La sele se enfrentaba a Jamaica por la clasificación al próximo mundial. El partido era bastante prometedor, la selección se veía bien parada y el Pescadito Ruíz ganaba terreno en el área chica rival.

Antes del mediotiempo llegaron las cervezas. Mixta de barril en un tarro helado, ¿qué más se le podía pedir a la vida? Complementamos las bebidas con tortillas con longaniza, chicharrones, carnitas y varios otros platillos... sí… comida de bolo.

Con la euforia característica que acarrean las cinco de la tarde; nos animamos a una ronda más. Después de haber pedido y cantado El Rey celebrando el mediocre empate de la selección, una y otra vez.

 

Tomé mi tarro de cerveza, me paré frente a la barra y coreaba enérgicamente junto a los mariachis.

Así es. Un sujeto gris y de trato duro como yo, era también un borracho revoltoso los fines de semana. Creo que si le preguntaran por mí, a un tercero que me hubiese conocido en ese estado, habría dicho que yo era un tipo muy divertido y espontáneo, de plácida conversación y dócil trato con las personas. Pero si le preguntaban a alguien de la oficina, habría dicho que yo era la personificación de la antipatía pura y que era sujeto muy extraño.

Es cierto, es bastante extraño que un individuo pueda poseer la capacidad de ser el amigo fraterno de todos y de pronto detestarlos sin ningún motivo.

"¡Cómo cuesta ser uno mismo todo el tiempo!" era la frase de Cortázar que rebotaba en mi cabeza como justificación.

 

De pronto pensé en la oficina y en lo pesado que sería retomar ese caso tan minucioso que me habían otorgado. Recordé que mi asistente es la chica de ojos verdes -¿cómo me dijo que se llama?- ¿Marcela? ¿María? (Siempre se me viene ese nombre a la cabeza) ¿Mariana? Sí, Mariana. Mariana es la cosa. El lunes empezaríamos a trabajar juntos.

Me emocionaba la idea de trabajar con una mujer otra vez; nunca se sabe hasta donde puede derivar una simple relación laboral. Y Mariana también tenía eso, una especie de misticismo que resultaba intrigante.

Eché un vistazo a todo el panorama que me rodeaba; los mariachis cantaban ahora una de Juanga, y a lo lejos el mesero nos traía la próxima tanda de bebidas. Dos mujeres entradas en años no nos quitaban los ojos de encima desde hacía media hora y entre toda esta algarabía silenciosa/ estruendosa, yacía mi amigo el León Hernández con la mirada presa en el tarro de cerveza, ahora tibio y pegajosa como la viscosa tristeza que evocaba su enorme presencia en el bar.

 

En Guatemala, los hombres no nos podemos dar el lujo de tener una sensibilidad tan palpable, debemos redondearla con trivialidades para llegar finalmente al problema que nos aqueja.

 

Me senté a la mesa y con desinterés pregunté: ¿Qué putas? ¿Todo bien?

-Simón, fresco-, contestó dando un largo trago de su insípida cerveza. Platicamos muchas cosas y luego con una voz quebradiza dijo:

Siento que he desperdiciado toda mi vida. No me malinterpretés. Yo amo a mi familia, pero a veces pienso en cómo hubiera sido mi vida si ahora estuviera soltero.

-Probablemente una mierda- le contesté en tono burlón para tratar de animarlo. Reímos, más por compromiso que por entusiasmo, tratando de distender la situación.

-Nombre vos, León- le dije -No dudes un segundo de tu familia. Es lo mejor de vos-.

- ¿Sí, verdad?... También me deprime ver que, por ejemplo, vos sos abogado; el Estuardo es ingeniero, el Lechuga se fue a vivir a Estados Unidos, ¿y yo? Sigo condenado en el mismo puto trabajo en el banco, sin posibilidades de ascender y mal pagado. Llego a casa y tengo que cambiar pañales, pedirle una prórroga al terrateniente, arreglar el lavaplatos que gotea. No hay nada más. Esa es mi vida. Sin aspiraciones, sin ideas, sin dinero, sin nada más que deudas que cada vez crecen más.

-Bueno, yo no sé si soy la persona ideal para darte consejos, menos para juzgarte, pero ¿no creés que estás exagerando mucho las cosas? Digo, tenés un trabajo estable y una familia que cuenta con vos para todo, desde cambiar pañales hasta para pelearte con el terrateniente. Y eso hace de tu vida algo grandioso.

Llegás a tu casa y hay tres mujeres que te aman esperándote. Mujeres que dependen en vos; que confían en vos. Tus hijas tienen 8, 5 y 3 años, llegas a la casa y sos su héroe.

Ahora mirame a mí. Llego a mi casa y no me espera nadie. Nadie depende de mí, paso meses sin tener una conversación fuera de la oficina, muy pocos confían en mí y estoy bastante seguro que casi nadie me ama. ¿Y será que mi título de abogado y notario va hacer que todo eso desaparezca?

Se quedó atónito con mi respuesta. Creo que esperaba que yo respaldara su sufrimiento, pero simplemente no podía.

Él estaba repleto de tesoros que no veía y, sin embargo, envidiaba todo el circo que montábamos en la oficina. Envidiaba la banalidad de mi profesión, envidiaba mi título que se hacía polillas en el sótano, envidiaba mi independencia que hacía mucho se llamaba soledad.

-Y en cuanto a tus deudas...supongo que puedo ayudarte con eso.- concluí.

El Portalito, te da la suerte o te la quita. Foto: Orlando Estrada

Salimos del portalito y los naranjas violáceos del atardecer me empezaban a cegar.

Me puse mis viejos Ray Ban Amber Matic y me dirigí hacia el chiclero que se sentaba aburrido sobre la 7a. Avenida.

-Dos Rubios rojos, porfa- le dije entregándole dos fichas de a quetzal.

El León encendió su cigarro, noté que trastabillaba y tuvo problemas para hacer funcionar el encendedor.

-¿Ahora qué hacemos?- me dijo arrastrándo las palabras.

Me quedé callado contemplando el atardecer. Me sentí conmovido por lo diminuto que parecíamos delante de su majestuosidad.

 

No estaba eufórico, no me sentía ansiosos, simplemente despejado, tranquilo y por un minúsculo instante, me sentí contento. Me alegraba que aún podía aconsejar a mis amigos, que no había perdido mi locuacidad ebria y aunque suene bastante miserable, estaba contento que alguien más considerara su vida un desastre.

Me vi empujado por la repentina motivación que me invadía. Impulsivamente le contesté:

-¡Vamos a la chula!

-¿Huevudo?- me respondió con ansias.

-Simón, hay que seguirla, a ver qué nos cae,- contesté en un tono simpáticamente adolescente.

- Va, vivo. Yo me apunto - me dijo con una mirada muy ebria.

 

Dejamos el carro parqueado en la séptima y caminamos hacia la tan mentada chula.

El lugar vomitaba gente y la gente vomitaba fuera del lugar. Hicimos cola de media hora, más o menos, para poder entrar y forcejeamos con unos 10 tipos para llegar a la barra.

Pedimos un cubetazo de Budweiser y nos dedicamos a observar a la muchedumbre desde el bar.

El León sobresalía de la multitud por su enorme tamaño y me di cuenta que unas chicas lo observaban.

-¿ya viste a esas chavas? - le pregunté con malicia.

No sé por qué, pero siempre he sido bueno empujando a la gente hacia las tentaciones.

- ¿Las canches? - contestó.

-Simón, serote, están va de vernos, yo digo que nos avivamos.

- Vamos pues-.

 

Caminamos hacia las chicas, ambas eran rubias y esbeltas, sus labios eran rojo intenso y sus vestidos, cortos y pegados, hacían sobresalir sus marcadas curvas. Me acerqué con la excusa de compartir la mesa con ellas dado que el lugar estaba lleno.

El León y yo nos presentamos con afabilidad y ellas seguían nuestro juego. Platicamos, a veces a gritos sobre la mesa y otras veces nos murmurábamos al oído suavecito.

Una se llamaba Daniela y la otra Karen. Después de compartir dos cubetazos más con todo el grupo, saqué a bailar a Karen y el León se quedó en la mesa con Daniela.

Ambos estábamos borrachos y llenos de atrevimiento. Mientras movíamos nuestros cuerpos ebrios cada uno danzando a su propio son, me di cuenta que me encantaba Karen. Su cabello dorado y perfectamente liso, el pequeño lunar en medio de su escote, que se movía junto a la música, sus labios candentes que me sonreían ufanos.

No podía contenerme, la tomé de los brazos y la besé con pasión. Su boca se sentía fresca y alcoholizante.

Me vio a los ojos y me abrazó tiernamente. Recordé a María y sin querer una lágrima resbaló por mi cara. Karen la secó con su mano y confundida, me preguntó qué sucedía.

"¿Estoy llorando porque la selección nunca irá al mundial?"

"Estoy llorando porque el payaso declaró a Iván Vásquez non grato."

¿Qué podía decirle? Me había atrapado, no podía darle ninguna excusa.

Procedí a contarle brevemente y se consternó. Acarició mi barba con ambas manos, me vio a los ojos y ella ahora prosiguió a besarme. -Supongo que yo puedo hacer algo para consolarte. - me dijo con fogosidad. Me tomó de la mano y fuimos por su cartera a la mesa. Apenas pude despedirme del León cuando nos fuimos.

Su uñas acrílicas apretaban con fuerza mi mano mientras esquivábamos gente buscando la salida. Me volteó a ver sonriendo con su boca gruesa y sensual.

Las chicas que van a los antros también tienen corazón.

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