Una amiga lesbiana

Abstinencia: una crónica de amor/odio lésbico

Son las primeras horas del síndrome de abstinencia que pasaré varias veces en año, las primeras horas de abstinencia que pasaré si su piel.

Piel bañada por la Luna Negra, por la lluvia de estrellas que también la recubren, primeras horas sin el calor de su pecho angelado, servido con frambuesas ante mis labios.

Son las primeras horas de abstinencia de las violentas olas del mar que se apodera de sus manos y de sus labios. Es tal vez la novena vez en un año en que me reivindico como

“esa bestia hermosa que nadie ha podido domesticar” luego de mi abstinencia de dar a luz un manantial desde mis piernas a sus manos.

Todavía no ha pasado mucho desde las veces que me pedía un beso antes de bajarme del carro, cuando me iba a dejar al trabajo o a casa, cuando ambas procurábamos que la noche fuera más noche para despedirnos.

A nadie le hace daño un poco de literatura lésbica, sobre todo si te hace sentir que no estás sola en la militancia.

Hace unas cinco o seis noches me recosté en su cama, terminaba de leer Violeta de Yolanda Pizarro, y junto a mí estaban sus llaves, las mismas con las que la noche anterior me hirió el rostro cuando le dije:

“haceme mierda de una vez, si eso es lo que querés”...

Esa noche quise salir huyendo, las peleas ya no eran discusiones políticas o por acusarme de serle infiel. La rutina nos estaba asesinando y el lavado de los edredones había detonado más de siete golpes entre mi rostro, mis brazos y mi cabellera.

Empaqué y me hizo sentarme en su cama, mientras esperaba que me pusiera la pijama.

Yo misma me cantó “Bella Idiota” algunas veces, me quedo con esa parte que dice:

“y que me llevaran preso les pedías, solo porque había perdido la paciencia, la esperanza…”

Quise volver a casa para la Navidad del 2018 y no fue así. Tenía planeada mi venganza, siempre me acusó de haber estado protegida en mi casa, pero esta vez haría lo posible por reponer esa deuda que me resultaba vulgar, como la Navidad misma. Sería eso y no dejarla plantada en el Aeropuerto de Medellín la noche de Año Viejo, como lo hizo algunos años atrás la extranjera que finge ser el amor de su vida.

Posicionándome como detractora de “no quiero comenzar el Año Nuevo con este mismo amor que me hace tanto mal”, esperé la llegada de este año junto a ella, luego de beber media botella de etiqueta roja y entre risas, le decreté tres años para que vuelva a mí. Consciente de ese amor fallido y de lo patética que se ve esperando a alguien que no la ama y que cada vez que vuelve nos aleja de nuestros ilimitados placeres y de la única de mis historias que pueda relacionar con el mito del amor.

Amaneció y con el mundo dándome vueltas me vestí en silencio total para huir como la primera noche que tuvimos, lo que yo consideré hasta 24 horas después como “sexo sin compromiso” pero no fue así.

Me pidió me sentará en la orilla de la cama y halando el sostén negro que llevaba me hizo volver al lado que ocupo en su cama. Fueron tres orgasmos después de eso que reafirmé la propiedad de la piel que no niego, a excepción de dos escritores que vagaron en mi mente cuando las noches fueron más largas y frías, pero que aunque los invoque, no estarán.

Alejandro llegó alguna de esas noches a un pequeño bar que está cerca de la casa de ella, en Bogotá; él sabe más o menos el caso, me preguntó cómo iban las cosas, le comenté que esa mañana casi me quedaba sin lentes, los mismos lentes que Samuel nombró como utilería porno, esos que dicen “asfíxiame mientras me follas, yo tengo el control, pero quiero que simules tenerlo vos” de forma muy material.

Considero entonces que no es ético entrar en detalles para hablar de la pelea que tuvimos cuando me atreví a cuestionar sus ideologías feministas, ni de la manera en que habló de denunciarme por minimizar su lucha desde mis señalamientos.

He intentado alejarme, cualquiera pasaría por príncipe azul en esta situación. Cualquiera podría salvarme, pienso que tolero esto por haber tolerado la violencia de mi madre.

Toleré cuando luego de una pelea intentó matarme a mí y a mi perro.

O cuando intentó suicidarse frente a mí.

Creo que es por los típicos miedos, la soledad, el haber asumido una identidad sexual diferente, por el hijo que ella sugirió que criáramos juntas o cuando me dijo que estaba segura que sería su esposa.

o cuando habló de la posibilidad de que fuéramos amantes durante unos 20 años,

pueden ser los placeres, las fantasías, mis necesidades de poeta, el invento del amor y el aferrarme; la atracción de la frustración,

o por optar morir en manos de una mujer en lugar de un hombre y por el autoflagelo, por las altas expectativa

Ya corrí un maratón, me conseguí el mejor de los guayabos [resaca], publiqué un libro, me corté el pelo, abandoné mi casa y mi empleo, he tratado de enamorarme, planeé embarazarme, empecé dietas, perdí peso, busqué a uno de mis amantes, fui a la iglesia; pero aún no abandono esta ciudad, tal vez me falte tatuarme o tal vez mañana vuelva…

 

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